Wagner 200

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A vuelapluma puede sorprender la aparente facilidad con que Wagner consiguió poner en pie el edificio de su obra durante su vida. Esa desarbolante seguridad con que se gobierna en sus escritos no puede suscitar simpatía alguna, no para quienes viven aterrorizados ante el desafío que siempre plantea la creación. Pero una lectura atenta a los avatares de su vida nos desvela que, quizá, aquella vehemencia personal escondía una incómoda intuición, la de una reivindicación de un arte que es capaz de transformar el espíritu, que no se conforma con un papel meramente decorativo o de entretenimiento. Doscientos años después, esta batalla todavía sigue en liza.

Der fliegende höllander: Barcos sin ambición

Tannhäuser: Una luz en el crepúsculo

Tristan und Isolde: Tristán en los tiempos del cólera

Das Rheingold y Die Walküre: En busca del principio

Siegfried: En la escalera de Tribschen

Götterdämmerung: ¿El ocaso de las idolatrías?

Los caminos de Parsifal

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4 pensamientos en “Wagner 200

  1. Pingback: Demasiado humano | El último remolino

  2. Pingback: “Toque más alto ese pasaje” | El último remolino

  3. Teresa Cabarrush en dijo:

    ¡Los avatares, los desvelos, la vehemencia, la intuición, la reivindicación, la transformación, la decoración, el entretenimiento…y como final…la batalla!, porque en batalla se convierte cuando alguien decide por alguien sin contar con este último, batalla de palabras y combate de sentires.

  4. Teresa Cabarrush en dijo:

    Supongo que el Señor Wagner y cualquier músico escribe su mundo y vida a través de las partituras, es escribir y dejar huella del pasado al futuro, dice la genial escritora y traductora Julia Escobar esto en un fragmento de un artículo suyo, es una preciosidad: ” Es un poco tarde para volverse atrás en el vicio este de escribir la vida. “La vida nos vive” dice Rosa Chacel”. No, la vida nos escribe; no tenemos más realidad que la plasmada en la escritura que es el instrumento más eficaz para perpetuar el recuerdo de lo hecho. Si todo el mundo escribiera su vida, no sería necesario escribir novelas, ni por supuesto leerlas. Nos leeríamos los unos a los otros nuestras vidas, que cobrarían así una realidad irreal, y los actos, las decisiones, amores y odios, pasados por el papel, harían menos daño, serían entonces menos atroces, menos lacerantes. ”

    Dejarnos un poco de nosotros al fin y al cabo, suponemos, y los demás que imaginen…

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