Copia de Italiana Algerie 1850

Mare nostrum

Un barco de papel que queda suspendido en el chorro de una fuente, una gigantesca bola asida al tobillo de un preso en una cárcel argelina, unas lanzas que se convierten en palmeritas portátiles de color rosa. Parece el país de nunca jamás de Lewis Carroll, pero el mundo de fantasía desplegado por Joan Font, director y fundador de la compañía de teatro Comediants, para la puesta en escena de la ópera Gioachino Rossini, L’italiana in Algeri, recuerda más a ese otro que durante mil y una noches construyó con sus palabras la doncella Scherezade para evitar la muerte.

Carlos Chausson, estrenando cargo como consejero del bey Mustafá

Desde el baño turco del comienzo hasta el festín italiano del final, esta nueva producción del Teatro Real es una sucesión de situaciones disparatadas, casi grotescas, que parten de un libreto de Angelo Anelli que el compositor utilizó para un encargo del Teatro San Benedetto de Venecia que debía entregar en tan sólo 27 días. Los carnavales estaban a la vuelta de la esquina y el empresario de aquel coliseo veneciano quería completar su programación con algo divertido y animado. Nadie tan idóneo para ese cometido como aquel Rossini de 21 años, tan jovial y juerguista como transmite su música. Cuando salió al escenario aquella noche de mayo de 1813 para saludar al público se encontró con una acogida que le pareció demasiado entusiasta. “Los venecianos están más locos que yo”, acertó a decir.

El universo de fantasía y colorido de las propuestas escénicas de Joan Font y Comediants encajan de lleno con este espíritu rossiniano. No es la primera ópera que ponen en escena del compositor de Pésaro. Tuvieron un gran éxito hace poco en Houston con su versión de La cenerentola. Aceptaron la propuesta del Teatro Real y se lanzaron a una producción compartida con el Maggio Musicale Fiorentino y las Óperas de Burdeos y Houston.

Estamos ante una obra que, hace casi doscientos años, ya nos presentaba un choque de culturas y de sexos. El bey Mustafá, gobernador de Argel del entonces todopoderoso Imperio Otomano, choca con la fuerte personalidad de la italiana Isabella, que se resiste a formar parte, como una concubina más, de su nutrido harén. Rossini se inspiró para su papel en Marietta Marcolini, una cantante extraordinaria que fue su amante y que era mujer de armas tomar; madre soltera en aquel entonces, acostumbraba a arrollar a todo el que se ponía por delante, como aquella italiana que llegó a Argel. Stendhal, en su obra Vida de Rossini, la recuerda como una “joven mediterránea, alegre, loca, feliz, apasionada”. La mezzosoprano búlgara Vesselina Kasarova cumple con este rasgo de la personalidad que necesita Isabella, aunque en esta producción de Joan Font se muestra más impetuosa que divertida, más refinada que apasionada en su manera de cantar, como mostró en la hermosa “Per lui che adoro”.

Pero quizá el meollo de esta nueva producción está en ese otro encontronazo, el de las culturas que, a la larga, se vuelve enriquecedor, donde siempre se produce un intercambio. El personaje que encarna esa transformación es Taddeo, que llega a Argel en el mismo barco secuestrado que Isabella. Le veremos al comienzo con su traje occidental y su sombrero de copa, y terminará la ópera vestido a la turca, uniendo su destino a su nuevo patrón, el bey Mustafá. El bajo Carlos Chausson se convirtió en el triunfador de la noche, con un personaje construido con la singular vis cómica que exigen los personajes bufos de Rossini y propuestas escénicas como las de Comediants.

El ritmo que imprime Joan Font a su puesta en escena requiere que el resto del elenco le siga en esta aventura. Quizá es ahí, en el ritmo escénico, donde esta sucesión fantasiosa y colorista de pequeñas historias puede encontrar su talón de Aquiles. Una muestra fue el coro de la Comunidad de Madrid, que siempre fue a remolque de una producción que demandaba de ellos una apreciable dosis de locura y comicidad. La orquesta, dirigida por Jesús López Cobos, sonó muy limpia, como suele ser habitual en este director. Logró transmitir esa sensación de optimismo vital que alcanzó sus momentos álgidos en el quinteto del final del primer acto. Sin embargo, corrió el riesgo de perder algo de ese ritmo esencial en algunas fases, justo cuando la energía que debía desprender la interpretación cómica de los actores tardaba en aparecer. Maxim Mironov es un tenor muy lírico, con un voz muy clara y quizá demasiado cándida para un personaje como el Lindoro de esta producción. Michele Pertusi puso más voluntad que inspiración a su encarnación del bey Mustafá.

L’italiana in Algeri es una historia circular que Joan Font ha situado al borde del mar, sobre la arena del escenario bañada por el Mediterráneo. Mar común y camino sin lindes que conectan orillas que se ven y comprenden más lejanas de lo que realmente se encuentran. No en vano en latín se conocía como Mare Nostrum.

L’italiana in Algeri. Música de Gioachino Rossini. Int.: Michele Pertusi, Vesselina Kasarova, Maxim Mironov, Carlos Chausson, Borja Quiza, Davinia Rodríguez, Angélica Mansilla. Dir. esc.: Josep Font (Comediants). Coro de la Comunidad de Madrid. Orquesta Titular del Teatro Real. Dir. mús.: Jesús López Cobos. Nueva producción del Teatro Real, Maggio Musicale Florentino, Burdeos y Houston. Madrid, del 1 al 18 de noviembre de 2009.

Foto: Javier del Real

Esta entrada fue publicada el Viernes 22 enero 2010 a las 6:48 pm. Se guardó como Ópera y etiquetado como , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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