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Cuando queda el silencio

La semana en que se publicarán estas líneas ya habrán comenzado las obras de exhumación donde se dice que reposan los restos de Federico García Lorca, asesinado en la madrugada del 18 de agosto de 1936 en compañía de un maestro de escuela y dos banderilleros anarquistas. En el silencio de aquella mañana, el poeta vio cómo se truncaba su vida, pero quizá le quedó el consuelo de alguno de sus versos: “Quiero dormir el sueño de las manzanas,/ alejarme del tumulto de los cementerios./ Quiero dormir el sueño de aquel niño/ que quería cortarse el corazón en alta mar”.

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Tres días antes había sido detenido en la casa del poeta Luis Rosales, en el primer número de la calle Angulo de Granada. Su familia decidió semanas antes que lo mejor era esconderse allí, donde varios hermanos de su amigo militan en Falange. La estancia en la Huerta de San Vicente, la finca de verano de la familia, se había hecho insostenible por el asedio de cuadrillas envalentonadas de partisanos. “Te conocemos bien, Federico García Lorca”, le dijo una vez uno de ellos.

Los odios pueblerinos que llevaron a muchas madrugadas sangrientas de aquella guerra pueden adivinarse entre los diálogos y los gestos de La casa de Bernarda Alba, que el poeta no pudo llegar a estrenar. La terminó casi un mes antes de su fatídico retorno a Granada. Hasta entonces, Federico leía el borrador a sus amigos hasta dos y tres veces cada día. Se paseaba con él en el bolsillo y con sólo uno que se lo pidiese, allá empezaba él, a leer con una atenta selección de los acentos y estudiando las reacciones que provocaba.

Lluís Pasqual ha buscado en esta producción la cercanía con el público, al llevar el escenario a un gran rectángulo que ocupa el centro de la sala. Los actores no necesitan amplificación y el más leve susurro, el rostro más apesadumbrado, ocurre siempre muy cerca. Somos unos invitados incómodos. Asistimos a la oración colectiva tras el recogimiento de un enorme tul blanco. El ambiente opresivo y tenso casi puede olerse y tocarse. Cuando queda el silencio y el velo desaparece, lo hace también el pequeño teatro que ha supuesto el recibimiento después del funeral de Antonio María Benavides. Las luces se encienden y la Poncia, Bernarda, sus hijas y los espectadores pueden verse las caras.

“Todo es una terrible repetición”, dice Martirio, una de las hijas. Lo que allí encontramos es la herida abierta y supurante de una casa cerrada a cal y canto al exterior. Cada una de las cinco hijas de Bernarda asume, a su manera, ese clima asfixiante. Todo parece seguir el mismo e inexorable camino. Rosa Vila encarna a una timorata Angustias, de vagas y funestas esperanzas, que ve cómo se le abre una oportunidad con su novio Pepe el Romano. Sin embargo, la tragedia se presagia en cada mirada de Magdalena (Marta Marco), en cada frase que hace entender lo que la Poncia ya viene aventurando desde hace algún tiempo. Rosa María Sardá construye un personaje de enorme ironía, cuyo escudo ante la casa y lo que ocurre en el pueblo siempre ha sido un estudiado escepticismo.

La taciturna Martirio (Rebeca Valls) y la bella Adela (Almudena Lomba) protagonizan una dramática y tensa escena. La primera ama en secreto al novio de Angustias, mientras que la segunda lo ha estado amando realmente. A diferencia de sus hermanas, luce un vestido “verde carne”, que diría el propio Lorca. El despecho, la envidia, la supervivencia, en suma, dinamitan los lazos fraternos y conducen a la gran tragedia que corona la obra. Es ahí donde la Bernarda de Nuria Espert quiebra la próvida insensibilidad de este personaje para ofrecernos el famoso y breve monólogo del final desde la silente desesperación de unas entrañas encogidas por el horror. El silencio que exige parece estar escrito para ser dicho con más contención, como el tono autoritario del principio. Pero de la garganta de Espert sale como un débil y conmovedor susurro. Silencio. “Vine a este mundo con ojos/ y me voy sin ellos./ ¡Señor del mayor dolor!/ Y luego,/ un velón y una manta/ en el suelo”. El silencio que pide Bernarda Alba es como aquél que precedió a la alegre algarabía de los pájaros en aquella madrugada de agosto de 1936, mientras yacía en el suelo el cuerpo del poeta.

La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca. Int.: Nuria Espert, Teresa Lozano, Rosa Vila, Marta Marco, Nora Navas, Rebeca Valls, Almudena Lomba, Rosa María Sardá. Dirección: Lluís Pasqual. Matadero, Naves del Español, Madrid, hasta el 25 de octubre.

Foto: David Ruano

Articulo publicado en Actualidad Económica, 23.10.09

Esta entrada fue publicada el Viernes 30 octubre 2009 a las 10:18 am. Se guardó como Teatro y etiquetado como , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “Cuando queda el silencio

  1. Teresa Cabarrush en dijo:

    Existe un silencio no silenciado que me encanta la unión de la música con los libros, la música en una bella biblioteca como la de Coimbra, magistral…el sonido de la guitarra portuguesa y el piano…amenizando a tantas estanterías repletas de libros…un privilegio fantástico.

  2. Teresa Cabarrush en dijo:

    Un momento así, con la belleza de un edificio y la música te deja sin respiración, vuelas al Universo.

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