Estrellas fugaces

La fugacidad del destino, de su efecto sobre el propio ser, nos ha intrigado desde el comienzo de los tiempos. El primer Homero achacaba los caprichosos cambios de la fortuna a la competencia entre los dioses del Olimpo. Mucho más tarde, otros dioses, los de la tragedia clásica, cambiaron el punto de vista, obviaron aquella pugna divina y nos presentaron a un hombre intentando hacer frente a sus circunstancias; comprenderlas, vivir con ellas.

Eusebio Poncela Foto Ros Ribas

“Nada que el hombre ha sido, es o será, ha sido, lo es ni lo será de una vez para siempre, sino que ha llegado a serlo un buen día y otro buen día dejará de serlo”. Más de dos mil años después, un filósofo muy próximo a nosotros, José Ortega y Gasset, escribía esta máxima que llega hasta nuestro tiempo con la claridad de una preocupación milenaria, atávica. La misma que rodeó a Edipo, el personaje de ficción que ideó Sófocles, en las dos tragedias que escribió para él y que se convertirían, con Antígona, en paradigmas clásicos. El descubrimiento del protagonista a través de los diálogos rompería la narración cronológica de los hechos para recrear a los personajes a través de las palabras pronunciadas por otros. Su pasado y su futuro desde el mismo presente. Una estructura que heredaría gran parte de la literatura y la dramaturgia, y que tendrá una influencia vital en el desarrollo del cine.

Quizá por ello, Georges Lavaudant ha situado una tarima irregular, con una pantalla de cine que sube y baja, a modo de telón, sobre la que un viejo y paquidérmico proyector plasma imágenes que recuerdan al primer cinematógrafo y sus influencias expresionistas. Exteriores en blanco y negro, fotogramas en sepia, y hasta un sorprendente retrato de Bogart, llegan a presidir la acción de los personajes tebanos. No deja de ser un poco forzado, pero la intención queda ahí.

Mucho más limitador ha sido el intento por contar la historia de tres tragedias en una. Es verdad que nunca se han considerado estas tres obras (Edipo Rey, Edipo en Colono y Antígona) como una trilogía, y que la novedad radica en la presentación de esta visión de conjunto. La historia de Edipo y Antígona se nos antoja fascinante, por su profundidad, su radicalidad y su ardiente humanidad. Pero, quizá, tratar de contar todo en poco menos del tiempo que duraría una de ellas puede convertirse en un obstáculo insalvable. Para lograrlo, los traductores han adelgazado considerablemente los originales, como es natural. La parte reservada al coro, por ejemplo, desaparece. La sensación de soledad de los protagonistas se incrementa, desde luego, pero se hurta un papel decisivo en la tragedia clásica para que el espectador pueda sacar de ella todo el fruto que encierra.

Eliminado el coro y rodeados de una escenografía con lo imprescindible, la obra avanza a un ritmo frenético, sobre todo en el tramo final. Resulta revelador que la primera parte, la más larga, es la que nos permite penetrar en la compleja personalidad de Edipo, hasta convertirse en el mejor momento de la obra. Eusebio Poncela deslumbra con su capacidad para hacer evolucionar a los personajes, de vivirlos y que los vivamos. Con gran sensibilidad está resuelto el tránsito del viejo rey, privado de la vista, avanzando a tientos hacia las tinieblas. Sin embargo, el inmenso talento de Laia Marull apenas queda apuntado en la parte final, con una Antígona fugaz, lejana, que nos deja con una huérfana e intensísima frase: “Yo he venido a la vida para compartir el amor, no el odio”. Creonte es llevado con seguridad por Pedro Casablanc hasta su monólogo final que, con su hijo muerto en brazos, resulta un poco frío y sin alma.

Durante toda la obra, tenemos una cierta sensación de estar perdiéndonos algo, como si los pasajes quedaran a medias y las sensaciones tan sólo se insinuaran. Nos quedamos con ganas de seguir disfrutando de este Edipo intenso, experimentado, y de conmovernos con esta Antígona virginal, inexorable. Pasan ante nosotros como estrellas fugaces. Nos falta tiempo para abrir los ojos y volverlos a ver, tras haberlos, siquiera, palpado con las luces de la razón y la emoción.

Edipo, una trilogía, a partir de Edipo Rey, Edipo en Colono y Antígona, de Sófocles. Traducción de Daniel Loayza y Eduardo Mendoza. Dirección de Georges Lavaudant. Int.: Eusebio Poncela, Pedro Casablanc, Miguel Palenzuela, Rosa Novell, Luis Hostalot, Laia Marull, Noelia Benítez. Naves del Matadero, hasta el 28 de junio.

Foto: Ros Ribas

Artículo publicado en Actualidad Económica, 19.06.09

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Esta entrada fue publicada el Martes 30 junio 2009 a las 11:50 am. Se guardó como Teatro y etiquetado como , , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “Estrellas fugaces

  1. Teresa Cabarrush en dijo:

    Magnífico artículo, un final precioso…¿ acaso las estrellas pueden esconderse?, la película Stardust lo dice todo.

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