El precio de la tiranía

“¿Vosotros honor tenéis?”. Aquella sensación de altanería e impunidad terminó con la vida de Don Fernán Gómez, Comendador de Calatrava y Señor de Fuenteovejuna, no a manos de un valiente caballero en una singular batalla, de tantas como libró y como hubiera sido, a buen seguro, su deseo, sino a las del humilde pueblo llano que terminó rebelándose contra la ignominia y la tiranía. “Las haciendas nos robaba/ y las doncellas forzaba/ siendo de piedad extraño”.

Copia de fuenteovejuna119-ok

A la luz de los siglos, la importancia de esta obra parece premonitoria del devenir que tendrá, no ya el sistema feudal, sino todo el Antiguo Régimen, que terminó colapsando en la Revolución Francesa. Sin embargo, no es Fuenteovejuna, escrita en 1612, una obra que cuestione la monarquía —hubiese sido imposible por la censura—, sino todo poder ejercido sin límites, de forma tiránica, que tarde o temprano, termina por soliviantar al pueblo. Medio siglo antes, Nicolás Maquiavelo lo consignó en su obra más célebre, El Príncipe, dedicada a Lorenzo II de Médici como guía de buen gobierno: “Crueldad mal usada es aquélla que, aunque infrecuente al principio, conforme avanza el tiempo crece en intensidad, en vez de ir disminuyendo”. Flores, el consejero del Comendador, se lo advierte antes de que el pueblo tire abajo la puerta del palacio: “Cuando se alteran/ los pueblos agraviados, y resuelven/ nunca sin sangre o sin venganza vuelven”.

Tiene esta versión dirigida por el británico Laurence Boswell la virtud del ritmo escénico, con unos clímax muy bien construidos. La excelente iluminación de Chahine Yavroyan permite saltar de la plaza del pueblo al salón de tronos de los Reyes Católicos, sin más movimientos escénicos que bajar un par de reposteros y cambiar los actores. Todas las escenas se plantean desde un doble plano escénico, posibilitado por un gigantesco cilindro central. Boswell, director asociado de la Royal Shakespeare Company y especialista en el Siglo de Oro español, juega a mostrar y ocultar la acción, como en la escena de la rebelión popular. La tensión solo peligra en las escenas posteriores, donde los actores deben mantener alta y verosímil la rabia que les llevó al tiranicidio. Las varas de los vecinos impactando en el suelo de madera rodean al Comendador, que avanza hacia la multitud mientras el gran cilindro de madera se cierra tras él. Sólo le oímos implorar y, como al juez enviado por Fernando de Aragón, nos es ocultada la respuesta a aquella pregunta que, bajo tormento, hará a jóvenes, viejos y niños: “¿Quién mató al Comendador?”.

La joven compañía Rakatá pone en escena a más de una treintena de actores. Alberto Jiménez es un gran actor que nos sirve un inseguro y colérico Fernán Gómez, muy capaz de las villanías que perpetra. Sin embargo, el verso no fluye claro en su voz y quizá un problema de afonía le hace silabear en exceso, hasta el punto que se hace ininteligible alguna de las frases que profiere. Lidia Otón es una Laurencia poderosa, que revela toda su potencia teatral en la escena donde arenga al pueblo reunido en asamblea. Inge San Juan nos muestra, a través de los efectos resonantes de su bella voz, una Pascuala de graciosa espontaneidad. Destacan también en esta producción la comicidad de Óscar Zafra como Mengo, y Luis Moreno como Flores. Se incorpora a la compañía el veterano actor Gerardo Malla, que encarna con solemnidad ajustada al viejo alcalde Esteban.

“Porque el príncipe natural tiene menos necesidad y motivos de ofender, de donde se sigue que es más amado; y, si vicios extraordinarios no lo hacen odiado, es razonable esperar que sus súbditos lo quieran”, escribirá Maquiavelo. Ni el juez real ni el propio monarca consiguen una respuesta satisfactoria a su pregunta, precedente de un hecho que no está dispuesto a que se repita dentro de las fronteras de su reino. Emplea todos los medios a su alcance, pero es inútil. El pueblo se ha alzado en armas contra el tiranuelo invocando su vasallaje a Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Cuando son recibidos en palacio, con su avejentado alcalde a la cabeza, siempre obtiene la misma contestación: “Fuenteovejuna, señor”.

Fuenteovejuna, de Lope de Vega. Versión y dirección de Laurence Boswell. Int.: Alberto Jiménez, Lidia Otón, Inge San Juan, Gerardo Malla, Cristóbal Suárez, Roberto Mori, Oscar Zafra, Emilio Buale, entre otros. Escenografía de Jeremy Herbert. Iluminación de Chahine Yavroyan. Producción de la Compañía Rakatá y la Sociedad Española de Conmemoraciones Culturales. Teatros del Canal, hasta el 7 de junio.

Artículo publicado en Actualidad Económica, 15.5.09

Esta entrada fue publicada el Viernes 29 mayo 2009 a las 10:05 am. Se guardó como Teatro y etiquetado como , , , , , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “El precio de la tiranía

  1. Teresa Cabarrush en dijo:

    Gran respuesta: ” Fuenteovejuna, Señor”, triste es llegar a los últimos extremos para resolver las cuestiones, la diferencia entre Ciudadanos y Súbditos es muy importante.

    Quien ostenta la crueldad se va apoderando en intensidad de esa persona en el tiempo, de todas maneras, la crueldad siempre lo es, independientemente de su intensidad.

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