Acunados por la divina Minerva

Claudio Monteverdi compuso Il ritorno d’Ulisse in patria cuando tenía setenta años. Podría pensarse, por tanto, que nos hallamos ante una obra de decadencia, de final de ciclo. Sin embargo, lo que nos encontramos es la impronta vívida y duradera de un género que comenzó a dar sus primeros pasos en aquellos años del renacimiento. Ya casi a caballo del barroco, la ópera empezó a dar las primeras muestras de sus características definitorias como forma de expresión artística.

copia-de-ritorno-ulisse-1643Ulises (Kobie van Rensburg) y Minerva (Claire Debono), sobre la arena de Ítaca

Todo en esta obra remite a una evolución incuestionable desde que se oyeran los primeros compases de L’Orfeo en la corte de Francesco Gonzaga, duque de Mantua. Este nuevo estilo concede más importancia al recitativo, que empieza a hacerse cantando, donde palabra y música se dan la mano en un camino donde tomaremos un conocimiento profundo de la esencia del personaje: su pasado, sus anhelos, sus preocupaciones, sus lamentos. Cada personaje va a contar con una línea de canto reconocible, inequívocamente ligada a su naturaleza y desarrollo posterior. Así, en Il ritorno, podemos reconocer a los dioses en composiciones muy adornadas, pobladas de agudos, símbolo de su trascendencia divina. Ulises, Penélope y Telémaco, sin embargo, cuentan con líneas melódicas amplias y sencillas, que se tornan en alegres y sensuales para los amantes Melanto y Eurímaco. El gordo Iro, sin embargo se mueve en una partitura abrupta y de grandes contrastes. Es quizá la primera vez que en la ópera se introduce un papel buffo, cómico, que tan importante será en compositores tan posteriores como Verdi.

Parte de la culpa de esta evolución la tiene el lugar donde empezaron a escenificarse estas obras. Il ritorno es quizá la primera ópera concebida como show business, como un nuevo tipo de teatro comercial, donde la gente empezaba a pagar por verlo. Así ocurrió en 1640 en el teatro veneciano de San Cassiano, inaugurado tres años antes. A ellos asistía la nobleza, en su mayor parte, y la burguesía culta. Solo un pequeño porcentaje del pueblo llano empezó ver aquellas representaciones. El público pasaba de ser únicamente palaciego a ser heterogéneo y plural, y las obras se pensaban para ser representadas varias veces, en vez de aquella única vez en el suntuoso salón de un palacio.

Pier Luigi Pizzi ha ideado un escenario muy esquemático para esta producción que representa estos días en el Teatro Real. Hay menos movimientos escénicos que en L’Orfeo de la temporada anterior, con lo que busca centrar la atención en los personajes, en lo que dicen y hacen, tan sólo sustentados por el excelente trabajo de iluminación de Sergio Rossi, que procura crear las atmósferas apropiadas para cada situación. Las dimensiones del escenario no impiden que durante la obra se cree un ambiente íntimo y cercano. El espectador se encuentra, de repente, arrullado por los sones de esta suave música, cantada por un notable elenco de artistas y tocada admirablemente por Les Arts Florissants, entre las cuitas de Penélope, la fogosidad de los amantes y los desafíos de Ulises y Minerva. La misma que acuna en cada representación al bebé de la clavecinista, que toca embarazada.

Desde el prólogo mismo, donde vemos a la Fragilidad humana postrada, podemos entrever un cierto pesimismo en esta historia de esperas y anhelos frustrados, basada en parte de los cantos de Odisea, de Homero, que narra la vuelta de Ulises a su patria tras haber arrasado Troya. Sin embargo, los dioses hacen tortuoso su regreso. Su esposa le aguarda en una interminable espera, entre incómodos pretendientes. Christine Rice aporta su acento oscuro y melancólico a Penélope, que solo tiene su pensamiento fijado en su amado esposo. Nos sentimos confortados tras el bellísimo dúo, sobre la arena de Ítaca, entre Kobie van Rensburg, que nos transmite con mucha convicción al pensativo y agotado Ulises, y Claire Debono, divina como la diosa Minerva. Luigi de Donato canta a un colérico Neptuno, tamizado por el épico Júpiter de Ed Lyon. El director William Christie nos conduce de forma magistral por esta ópera de contrastes, donde los hombres se encuentran a merced del capricho de los dioses, donde el tiempo, la fortuna y el amor limitan y engrandecen, al mismo tiempo, la existencia humana.

Il ritorno d’Ulisse in patria. Música de Claudio Monteverdi y libreto de Giacomo Badoaro. Int.: Kobie van Rensburg, Christine Rice, Cyril Auvity, Joseph Cornwell, Ed Lyon, Rober Burt, Claire Debono, Luigi de Donato, Hanna Bayodi-Hirt. Dir. esc.: Pier Luigi Pizzi. Les Arts Florissants. Dir. mús.: William Christie. Producción del Teatro Real con La Fenice de Venecia. Madrid, hasta el 30 de abril.

Foto: Javier del Real

Arículo publicado en Actualidad Económica, 24.4.09

Esta entrada fue publicada el Lunes 4 mayo 2009 a las 12:30 pm. Se guardó como Ópera y etiquetado como , , , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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