Una luz en el crepúsculo

No había sido un día fácil. Por la mañana, comparecía más serio de lo habitual en la presentación de la próxima temporada, la que será la última, y reflexionaba sobre la incapacidad de este país para llevar a buen puerto un proyecto cultural, que necesita del sosiego y vigor que sólo el largo plazo concede. Por la tarde, mientras recorría el trayecto entre su camerino y el podio para dirigir la tercera representación de Tannhäuser, alguien había puesto en las manos de los espectadores una octavilla que alertaba de una posible desaparición del coro del teatro. Los fantasmas del pasado parecían haber vuelto: ésos que siempre vienen acompañando a las malas formas y las decisiones precipitadas. Por eso, cuando Jesús López Cobos dio la entrada para iniciar la obertura de la ópera, una inesperada expectación se instaló en aquellas butacas sobre las que se había cernido un inquietante crepúsculo.

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Christian Gerhaher

De la oscuridad del escenario emergió un rojo al que un corredor decimonónico daba un aire aristocrático. Mientras el añadido que Wagner escribió para el estreno de la ópera en París avanzaba tras los compases de la primitiva obertura que se escuchó en Dresde, el espacio escénico se abrió sobre dos plataformas giratorias para conducirnos a un Venusberg vestido de satén rojo, donde un grupo de figurantes simulan la pasión sexual que debería presidir el entorno. Sin embargo, los cuerpos se mueven sin el menor sentido del ritmo y se acarician torpemente. Es una bacanal fría, sórdida y de una espantosa vulgaridad.

Ian Judge ha ideado una puesta en escena que se comporta como un corsé sobre los cantantes, que no pueden disimular una cierta incomodidad en sus movimientos escénicos. Parece pensada más para ser fotografiada que para estar en movimiento. El gran trabajo de iluminación nos conduce por los diversos estados del alma de Tannhäuser, al pasar del rojo al blanco para los peregrinos, el blanco y negro para el salón del Wartburg y el verde para el esperanzador y redentor acto final de la obra.

Sobre el crepúsculo del patio de butacas empezaron a divisarse los primeros luceros en el segundo acto. El coro parecía decidido a reivindicarse, firmando una notable entrada. Aunque hubo algunos titubeos en las voces femeninas, el final fue espléndido. Lo mismo ocurrió con las voces. Si la elegante Lioba Braun nos había dejado un poco fríos con la falta de volumen de su Venus en el primer acto, Petra María Schnitzer (Elisabeth) había comenzado el segundo con alguna inseguridad para terminar en el gran nivel que mantendría en el tercer acto. Destacó Günther Groissböck (Landgrave) y Peter Seiffert (Tannhaüser), que mantiene el volumen del gran Heldentenor que ha sido en los últimos años, comenzó la representación con muestras de fatiga en su voz, que tiende hacia un trémolo algo acusado. Sin embargo, concluyó el tercer acto con un racconto muy notable, de gran fuerza expresiva.

El lucero terminó de aparecer en aquel cielo crepuscular cuando Christian Gerhaher (en la foto) atacó el evocador O du, mein holder Abendstern. Desde su intervención en el primer acto, ya dejó patente su enorme calidad vocal, con una forma de “decir” única por su detallismo y sentido estético. Muestra de otra de sus facetas: el lied. Posee un instrumento preciso, con un volumen que amolda a las necesidades del personaje: quizá no hay otra forma de cantar al timorato y contrariado Wolfram de esta producción como lo hace este barítono alemán.

Para entonces, Jesús López Cobos había conducido su centuria con paso cada vez más decidido. Es la suya una lectura con el habitual sentido de las proporciones, de los equilibrios entre secciones y cantantes, que sobresalieron en los concertantes. La cuerda, en especial la grave, se mostró añeja y aterciopelada en momentos clave, como los de la canción de Wolfram. Antes del apoteósico final, con un coro ya fuera de sí, aquellas notas parecieron iluminar el camino. Ése que pasa por la trascendencia única y verdadera de lo que pasa en el escenario: “Entonces resplandeces tú, estrella amable entre todas /y envías tu suave luz a lo lejos, /el crepúsculo comparte tu dulce resplandor /y amistosamente muestras la salida del valle”. Sólo queda seguirla.

Tannhaüser. Música y libreto de Richard Wagner. Int.: Günther Groissböck, Peter Seiffert, Christian Gerhaher, Stephan Rügamer, Felipe Bou, Petra Maria Schnitzer, Lioba Braun, Sonia de Munck. Dir. esc.: Ian Judge. Coro y Orquesta Titular del Teatro Real. Dir. mús.: Jesús López Cobos. Producción de Los Angeles Opera. Madrid, hasta el 2 de abril.

Foto: Javier del Real

O du, mein holder Abendstern – Christian Gerhaher, en directo desde el Teatro Real de Madrid (17-03-2009)

Artículo publicado en Actualidad Económica, 3.4.09

Esta entrada fue publicada el Viernes 17 abril 2009 a las 9:21 am. Se guardó como Ópera y etiquetado como , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “Una luz en el crepúsculo

  1. Teresa Cabarrush en dijo:

    Magnífico: ” “Entonces resplandeces tú, estrella amable entre todas /y envías tu suave luz a lo lejos, /el crepúsculo comparte tu dulce resplandor /y amistosamente muestras la salida del valle”, ¿Y hay personas que intentan apagar las luces?…quizás estén equivocados.

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