Valle al desnudo

Cuenta Rafael Cansinos Assens en La novela de un literato (Alianza, 2005) la honda impresión que le causó el cuerpo de su amigo poeta Alejandro Sawa cuando fue a visitarle a su humilde casa de la calle Conde Duque. Ya enfermo de la encefalitis que le llevaría a la tumba, yacía en la cama envuelto en una sábana raída. Su elegante traje había tenido que ser empeñado para hacer frente a los gastos que la miseria en que vivía no llegaba a cubrir. Había quedado ciego meses atrás y la retirada de la colaboración por sesenta pesetas que tenía con el periódico El Liberal, terminaron por sumirlo en la desesperación y la locura. Era el fin para el poeta más auténtico de la bohemia madrileña de principios de siglo. Aun en aquel estado, mantenía aquella distinción personal que solía pasear por cafés literarios y tugurios nocturnos. “Mostraba el gesto arrogante de un césar. Sus rasgos de estatua clásica contribuían a la impresión”.

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Entre sus amigos se encontraba Ramón del Valle-Inclán que, tras visitarle de cuerpo presente, escribió a Rubén Darío: “He llorado delante del muerto, por él, por mí y por todos los pobres poetas (…) Tuvo el final de un rey de tragedia: loco, ciego y furioso”. Diez años después, utilizaría la personalidad del poeta para alumbrar al Max Estrella de Luces de Bohemia, y hacerlo vagar por un Madrid ingrato y mísero, donde “el talento es un delito”. Por sus páginas desfilan amigos aprovechados, busconas premeditadas, libreros sin escrúpulos, políticos cínicos, periodistas ocasionales y una larga lista de personajes que terminarían componiendo la figura del esperpento.

Después de haberla vuelto a ver, quizá lo más alarmante de esta obra sea que no sorprenda tanto la fauna que la habita. En vez de una caricatura, una hipérbole, nos encontramos con personajes muy familiares. “Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el esperpento”, dice Max en la obra. Pero en realidad, como ha recordado Carlos Martín, el director del montaje que ha puesto en escena este mes en el Círculo de Bellas Artes, este reflejo “tiene que ver más con la imposibilidad de ser trágico que con lo grotesco o feísta”.

El planteamiento de la compañía Teatro del Temple es esquemático, de una desnudez escénica que contrasta con la riqueza teatral y simbólica de la obra. Apenas cuatro plataformas verticales se mueven de forma frenética por el escenario, tras las cuales se afanan ocho actores para desdoblarse en nada menos que unos cincuenta personajes distintos. La iluminación hace el resto.

Sin embargo, sorprende ver a un Max Estrella tan clásico en una producción tan moderna. Interpretado por Ricardo Joven, que le aporta un interesante aire quevedesco, es el personaje melancólico y desesperanzado de otras veces. Un tanto histriónico en la primera parte, rezuma en ocasiones un resentimiento impropio de alguien que se sabe intelectualmente superior. Tras el encuentro con la prostituta, el personaje ya se encuentra cuesta abajo y es donde adquiere su verdadero relieve. Destacan también en el reparto Pedro Rebollo y los camaleónicos Francisco Fraguas y Jorge Usón.

El esperpento de Valle destila un patetismo fútil, carente de sentido, ofuscado en un provecho propio que ignora lo que ha de venir. “No es más que un instante la vida, la única verdad es la muerte”, dice al final de la obra el Marqués de Bradomín, alter ego del propio autor. Los que rodearon aquella noche a Max Estrella desconocían tal realidad, como los que también se cruzaron en el destino de Alejandro Sawa. “Somos los renegados del ensueño”, dice el personaje del ministro, que admite haber compartido una vez los ideales del poeta. Haber renunciado a ellos es quizá lo que no permite perdonar a quien todavía los tiene.

Cuando murió, en el cajón de su mesa esperaba el manuscrito de Iluminaciones en la sombra, un dietario que Valle-Inclán y Rubén Darío porfiaron por publicar al año siguiente. En él, Sawa escribió en una de sus últimas anotaciones: “Vino el duende que era embajador de la dicha. Yo estaba ocupado en cosas inútiles, pero que me placían momentáneamente… —Ven luego —le dije—. Y mi vida desde entonces ha transcurrido aguardando desesperadamente al emisario, que no se ha vuelto a presentar jamás.”

Luces de Bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán. Dirección de Carlos Martín. Int.: Ricardo Joven, Pedro Rebollo, Gabriel Latorre, Francisco Fraguas, Rosa Lasierra, Javier Aranda, Gema Cruz, Jorge Usón. Producción del Teatro del Temple. Círculo de Bellas Artes, Madrid, hasta el 25 de enero.

Artículo publicado en Actualidad Económica, 16.1.2009

Esta entrada fue publicada el Viernes 23 enero 2009 a las 10:17 am. Se guardó como Teatro y etiquetado como , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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