Una utopía llamada Sistema

Su maestro dijo que fue “una cuestión de personalidad musical”. Hacía poco que había empezado a estudiar en la Academia de la Orquesta Filarmónica de Berlín. Él fue quien le invitó tras escucharlo en una gira de conciertos por Alemania. Pero en apenas un mes, Edicson Ruiz, un contrabajista venezolano que por entonces contaba con 17 años, tuvo ante sí la posibilidad de rozar el cielo con la mano. Y vaya si lo rozó.

Se presentaron los mejores, como suele ocurrir cuando la Filarmónica berlinesa convoca audiciones para entrar en la orquesta. Entre ellos estaba este jovencísimo músico, siempre risueño y divertido, que tan sólo mudaba el gesto para asirse a su gigantesco instrumento. En ese momento, las leyes de la física se invalidaban y nadie podría asegurar si era él quien sostenía y dominaba el contrabajo o era el contrabajo quien se dejaba abrazar y mecer por él.

Algo similar debió ocurrir cuando Félix Petit le oyó tocar con once años. Llevaba tiempo como maestro de contrabajistas en el sistema público de orquestas juveniles e infantiles de Venezuela. Había escuchado a muchos chicos que venían de sus orquestas del barrio, de modestas escuelas de música, y podía aventurar con bastante seguridad quién poseía talento para la música. Y, desde luego, aquel chaval que venía de una escuelita del barrio pobre de San Agustín, lo tenía.

Así ocurría desde que en 1975 iniciara aquel experimento José Antonio Abreu (Valera, Estado de Trujillo, Venezuela, 1939). Economista, compositor, organista y pedagogo, siempre le rondó la idea de construir un sistema que permitiera la formación de niños y jóvenes de escasas posibilidades económicas a través de la creación de orquestas infantiles y juveniles en cada punto del país. Una idea quijotesca, quimérica, que siempre se debatió entre la utopía y la locura. Hasta que alguien le dijo una vez que para conseguir cualquier ideal había que luchar hasta la extenuación. Tocar y luchar, se dijo Abreu. Mientras se lucha cabe la esperanza.

Por eso, cuando la primera vez vio sólo once niños y veinticinco atriles se desanimó un poco. Hasta que en aquella estancia entró un niño que se había quedado rezagado, con un estuche de violín que abultaba casi tanto como él. Se sentó frente a uno de los atriles que quedaban libres, abrió su estuche y aferró con decisión el violín, mientras dirigió su mirada a un Abreu anonadado por la escena. Allí supo que tenía que tirarse al precipicio y arrancar el proyecto.

Cuando aquellos once primeros músicos tocaron juntos, en Venezuela sólo había dos orquestas sinfónicas en todo el país. Treinta años después, 300.000 niños y jóvenes venezolanos están involucrados en el proyecto, y se han creado 150 orquestas juveniles y 70 orquestas infantiles, con al menos una orquesta profesional en cada provincia. Todos ellos conforman la Fundación del Estado para el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela (FESNOJIV), más conocida como el Sistema.

Cuando el próximo viernes José Antonio Abreu suba al escenario de Teatro Campoamor, muchos de estos recuerdos se agolparán en su mente, y al asir entre sus manos el Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2008 pensará que aún queda mucho por hacer. Que por qué no llegar hasta el millón de participantes y que el Sistema pueda convertirse en una experiencia global, en una bendita locura que se nutra del éxito de la presente. Pensará que, como ha tenido que decir alguna vez, la lucha consiste en convencer a los intransigentes con los resultados.

Hoy, escuchar un concierto de la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana “Simón Bolívar”, la cúspide del Sistema, se ha convertido en objeto de culto. Desde el Carnegie Hall de Nueva York hasta el Royal Albert Hall de Londres o los festivales de Salzburgo y Lucerna. Todos quieren escuchar a estos muchachos risueños, desenfadados, de los que emana un sonido denso, auténtico, con alma. De los cuellos de sus integrantes cuelga una medalla con forma de violín en la que puede leerse: “Tocar y luchar”.

“Quisiera que músicos en los Estados Unidos estuvieran aquí para escuchar la convicción con la que ustedes tocan”, les dijo una vez el decano de la Facultad de Música de la Universidad de Indiana. Quizá ahí resida el secreto. Cuestión de personalidad musical, como le dijeron a Edicson Ruiz en Berlín cuando le comunicaron que pasaba a formar parte de la mejor orquesta del mundo. Para los jóvenes músicos del Sistema, la música es ante todo una experiencia colectiva. Tocar juntos crea afinidades estéticas que trascienden lo meramente utilitarista para convertirse en parte de su propia identidad. No pueden entenderse solistas, sino que la música sólo es posible si la hacen juntos.

Esta manera de enfrentarse a las partituras ha conmovido a músicos y directores de todo el mundo cuando han presenciado un concierto de alguna de las agrupaciones del Sistema. Muchos de ellos son niños de la calle, que se ven rescatados de la miseria y de la delincuencia por el simple hecho de sentirse unidos y de formar parte de algo. La cooperación en pos de la experiencia estética compartida llega hasta la creación de talleres para niños y jóvenes, en los que aprenden a construir y reparar los instrumentos musicales de sus compañeros, y de programas como el Coro de Manos Blancas, donde chicos con discapacidades y dificultades de aprendizaje acompañan la música con sus movimientos de manos.

Cuando a Edicson Ruiz le preguntan por qué toca el contrabajo como lo hace, siempre contesta que él, en realidad, va nota por nota, como cuando empezó. Siempre busca algo nuevo, un tratar de no parecerse a nadie. Klaus Stoll, solista de contrabajo de la Orquesta Filarmónica de Berlín, lo apadrinó cuando dio sus primeros pasos dentro de la orquesta. Todavía recuerda el efecto que le produjo escuchar el sonido que ese jovenzuelo de pelo rizado y mirada miope era capaz de extraer de aquel instrumento. De acuerdo, tiene que asimilar la tradición centenaria y el estilo musical de la formación, pero ¿de dónde vendrá toda esa madurez?

Este año hará seis años desde que tuvo que dejar Caracas para instalarse en Berlín. Ha hecho considerables progresos con su alemán, hasta el punto de conceder entrevistas en ese idioma. Sin embargo, suele levantarse con el recuerdo aún fresco de las mañanas en su barrio de la Candelaria, y de su madre, Morella. Piensa que le gustaría devolverle milimétricamente todo el sacrificio que ha hecho por él. Para ello, sólo queda luchar, como decían en la orquesta de allá. Luchar y tocar una melodía que acaba nunca. El Sistema no tiene coda.

Artículo publicado en el cuadernillo central de los Premios Príncipe de Asturias 2008 de La Nueva España, Oviedo, 24.10.08

Enlaces de interés:

¿Quién es Gustavo Dudamel?

Esta entrada fue publicada el Martes 28 octubre 2008 a las 2:34 am. Se guardó como Música culta y etiquetado como , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “Una utopía llamada Sistema

  1. Teresa Cabarrush en dijo:

    Increíblemente bello: ” Siempre busca algo nuevo, un tratar de no parecerse a nadie”

    Y maravillosamente importante: ” “Quisiera que músicos en los Estados Unidos estuvieran aquí para escuchar la convicción con la que ustedes tocan”…CONVICCIÓN, nada como una palabra tan enérgica y segura a la que hay que atender.

    Magnífico artículo.

  2. Teresa Cabarrush en dijo:

    Como este artículo tiene Alma, acabo de leer este fragmento de un escritor: ” Sólo al contemplativo no se le muere el alma antes que el cuerpo.”, una preciosidad.

    Y esta frase realizada por mí, como protesta a un autor que me censuró un comentario, ” No hacen falta PALABRAS sino demostraciones, y ya queda el Alma llena y Pura.”, esta frase si me la publicó.

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