Juego de espejos

No es la primera vez que una ópera de Verdi se escenifica en la época de su autor. En Madrid aún se recuerda aquel Il Trovatore dirigido por Elijah Moshinsky, repuesto hace un par de temporadas. Al parecer, el ambiente del Risorgimento encaja como un guante entre los pentagramas del compositor de Roncole, contemporáneo de aquel movimiento que tendría como consecuencia la reunificación italiana en 1861.

Tres años antes se estrenaba esta ópera, Un ballo in maschera. En el fondo, Verdi ya tenía compuesta la música un año antes de su estreno final, pero los problemas con la censura modificaron sus planteamientos iniciales. Inspirada en el libreto de Scribe para la ópera Gustave III ou Le Bal masqué, de Daniel Auber, la versión que se estrenaría en Roma cambió Suecia por la lejana Boston, y al rey por un conde. Dado el ambiente político que se respiraba, no parecía lo más razonable que el pueblo presenciara un regicidio, aunque fuera sobre un escenario.

Quizá por ello, el trabajo del director de escena Mario Martone, al llevar la obra al momento histórico en que fue compuesta, aparece ante nosotros como algo completamente natural. Hay algo en la música de Verdi que nos remite una y otra vez a aquellos años de fines del XIX, como si su música revelara subliminalmente el retrato de una época llena de revoluciones y controversias. Nada más abrise el telón, percibimos la influencia pictórica de ese siglo en un cuadro estático sobre un espacio irreal, que contrasta con el lugar subterráneo, lúgubre e industrial de la escena de Ulrica. Allí asistimos a la primera mascarada de la noche: Riccardo, el conde, y su corte visten ropas ajenas. Martone juega al contraste que ya buscó entonces el compositor, donde comedia y tragedia, amor y venganza, lealtad y traición se dan la mano hasta fundirse en un vals interminable.

El segundo acto transcurre en un oscuro patíbulo, derruido por el efecto de los combates. Es un cuadro de negros presagios, de un incómodo silencio. La música fluye hasta revelar una apariencia de engaño, la que alimentará el desenlace final. Renato ha decidido vengarse de su otrora gran amigo el conde, de quien sospecha que ha cortejado a su esposa. La conspiración ya está en marcha y tendrá lugar en el baile de máscaras que da Riccardo en su palacio.

Tras el uniforme de Óscar, el ambiguo asistente del conde, se esconde una voz inusual en las óperas de esta época, la de una soprano lírico-ligera, que aporta el tono alegre en un ambiente ensombrecido por la duda y los celos. Alessandra Marianelli presta una voz de muchos quilates a este oasis de ingenuidad. El barítono Carlos Álvarez no pudo encarnar a Renato por una inoportuna afección vocal. En su lugar, Marco Vratogna defendió el papel con grandes dotes teatrales.

La pareja vocal es lo más destacado de esta producción. Violeta Urmana es una cantante de amplio registro, muy atenta a los matices, que a veces pasan desapercibidos por una excesiva frialdad en su actuación. El tenor argentino Marcelo Álvarez es una voz inconfundiblemente verdiana, muy generosa, que contribuye a hacer muy creíble el papel de un conde melancólico, arrollado por las circunstancias de la vida. Jesús López Cobos firma una dirección musical de gran nervio, sin renunciar a sus señas de identidad: la transparencia del sonido y la ductilidad de los tempi.

Martone concluye Un ballo in maschera con un gigantesco espejo ante el que canta Riccardo su desventura. En el podemos ver reflejado al propio teatro, que asiste enmudecido a la escena. En el fondo, todos somos un poco Riccardo, un poco Renato, un poco Amelia. También todas esas máscaras que ya están llegando al baile. La escena juega con el espejo hasta situarlo de forma oblicua sobre la escena, para que asistamos, omniscientes, a lo que va a ocurrir.

Allí, entre los compases de un vals simple y exquisito a la vez, se urde el atentado. La escena recuerda a ese otro vals, también de Verdi, que puede escucharse al final de El gatopardo (Luchino Visconti, 1963). El juego de máscaras nos devuelve una realidad deformada, y lo que parecía blanco en realidad es negro. “Los gatos salvajes desaparecen, pero van a ser sustituidos por chacales”, dice el príncipe de Salina en la película, ante los cambios que se avecinan en Italia. Riccardo ya lo ha comprobado por la mano de su propio ayudante, de su propio amigo.

Un ballo in maschera, de Giusseppe Verdi. Libreto de Antonio Somma. Int.: Marcelo Álvarez, Violeta Urmana, Marco Vratogna, Elena Zaremba, Alessandra Marianelli. Dir. esc.: Mario Martone. Coro y Orquesta Titular del Teatro Real. Dir. mus.: Jesús López Cobos. Nueva producción del Teatro Real, en colaboración con el Covent Garden. Madrid, hasta el 19 de octubre.

Foto: Javier del Real

Publicado en Actualidad Económica, 10.10.08

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Esta entrada fue publicada el Viernes 17 octubre 2008 a las 3:47 pm. Se guardó como Ópera y etiquetado como , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “Juego de espejos

  1. Pingback: Rigoletto deja de actuar « El último remolino

  2. Teresa Cabarrush en dijo:

    Magnífico artículo. Muy sugerente: ” como si su música revelara subliminalmente…” da paso a muchas imágenes confeccionadas por nosotros mismos y no otras personas.

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