Los rostros del oprobio

El teatro de Eurípides destaca por la complejidad de los personajes que protagonizan sus obras, su hondo humanismo, su profundidad psicológica, que permiten al espectador experimentar sus emociones y ahondar en sus pensamientos. Más de mil quinientos años después de su estreno, sigue sobrecogiendo a quien lo contempla.

Casandra (Anna Ycobalzeta) se abraza a su madre Hécuba (Gloria Muñoz) en un momento de la obra

Es en este plano psicológico donde las guerras y sus efectos permanecen inalterables al paso del tiempo. Desde el principio de los tiempos, las confrontaciones armadas han terminado con la ejecución de acciones execrables, dirigidas a escarmentar al enemigo vencido, a hacerles pagar con creces el fragor de la batalla y a intentar que la disputa concluya de una vez por todas con su derrota aplastante. Los vencidos deben entender que cualquier intento de respuesta resultará vano y fútil. De nuestra historia más reciente Srebrenica, Abu Ghraib o Darfur son lugares que han presenciado la aplicación fría y calculada de este principio.

Sin embargo, lejos de terminar, la guerra continúa en las mentes de los que participaron. De quienes vencieron y de quienes fueron derrotados. De quienes vencieron porque se vieron obligados a cumplir órdenes terribles y de quienes fueron derrotados porque jamás olvidarán lo que vivieron.

La obra Las troyanas aporta una reflexión sobre este fenómeno, que permanece incólume, a través de los siglos, desde la imaginaria Troya hasta las guerras televisadas de hoy. Lo vemos en Taltibio, oficial griego, muy bien interpretado por Ricardo Moya, que acaba por deplorar y avergonzarse del ajusticiamiento de Astianacte, hijo de Héctor. Pocos vuelven enteros del campo de batalla, ante tanto horror causado por sus propias manos. Los fantasmas que les acompañaban en la trinchera aparecen de nuevo en la oscura soledad de su dormitorio. Es el precio del que nunca nadie habló en el cuartel de instrucción.

Lo vemos también en las protagonistas principales: las propias troyanas, que aparecen postradas al pie del escenario entre bidones oxidados, sobre la arena blanquecina de la playa de Troya, esperando a ser repartidas como esclavas entre los generales aqueos. Ellas son el corifeo, que exhalan lamentos con reminiscencias de cantos sufíes, y muestran durante toda la obra unos sobrecogedores ojos vidriosos. Ésos mismos que, junto a unos pómulos hundidos, conforman el singular rostro del oprobio.

La dirección de Mario Gas descansa en la excepcional fuerza que le imprimen sus actores. Junto a los cercanos rostros del corifeo destaca Hécuba, la mujer del difunto Príamo, que encarna la magistral Gloria Muñoz con un personaje que aparece reconcentrado y perdido, pero que todavía conserva la fuerza y los arrestos de una reina. También nos encontramos con la sacerdotisa Casandra que, ultrajada, ha perdido la razón. Anna Ycobalzeta logra extraer de ella el personaje feroz y temible del que emana todo el deseo de venganza de los vencidos. Por su parte, Mía Esteve pone en escena una Adrómaca desesperada, doliente, que ha visto perecer a su esposo Héctor y ahora ve cómo su propio hijo es arrancado de sus brazos.

En las obras de Eurípides también hallamos un cuestionamiento de la concepción tradicional de los dioses. En un momento de Las troyanas hace decir a Hécuba: “¡Oh Zeus, soporte de la tierra y que sobre la tierra tienes tu asiento, ser inescrutable, quienquiera que tú seas, —ya necesidad de la naturaleza o mente de los hombres— ¡a ti dirijo mis súplicas! Pues conduces todo lo mortal conforme a la justicia por caminos silenciosos”. Aún así, Posidón y Palas Atenea se muestran excesivamente irreales y esperpénticos en el comienzo de esta producción, como si fueran actores salidos de un histriónico cabaret. Es muy probable que ésa haya sido precisamente la intención del director, provocando un doloroso contraste con lo que va a acontecer después.

Mientras el miedo y el espanto llenan el escenario, oímos en ocasiones el murmullo lejano de las olas del mar. Baten inexorables, inalterables, incapaces de enmudecer ante el horror de la caída de Ilión. La belleza de su sonido es casi un sarcasmo en las mentes de las troyanas.

Las troyanas, de Eurípides. Versión de Ramón Irigoyen. Int.: E. Mac Gregor, Á. Pavlovsky, G. Muñoz, R. Moya, A. Ycobalzeta, M. Esteve, C. Sanchís, A. Valero. Dir.: Mario Gas. Nueva producción de Cáceres 2016 y el Festival de Mérida en coproducción con el Teatro Español. Matadero de Madrid, hasta el 28 de septiembre.

Foto: Ros Ribas

Artículo publicado en Actualidad Económica, 12 de septiembre de 2008.

Esta entrada fue publicada el Viernes 19 septiembre 2008 a las 9:40 am. Se guardó como Teatro y etiquetado como , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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