El transgresor obediente

L’Orfeo, de Claudio Monteverdi. Libreto de A. Striggio. Dir. Esc: Pier Luigi Pizzi. Dir. Mus: William Christie. Rep: D. Henschel, M. G. Schiavo, S. Prina, L. de Donato, A. Abete, A. Prunell-Friend. Les Arts Florissants Coro y Orquesta. Nueva Producción del Teatro Real en coproducción con el Teatro La Fenice de Venecia. Madrid, hasta el 28 de mayo. En pantalla grande en la Plaza de Oriente: 23 de mayo.

Estamos sentados en un abigarrado salón del Palacio Ducal de Mantua. Hay nerviosismo entre los anfitriones. El Duque Gonzaga ha encargado a un tal Monteverdi que prepare una obra como la exitosa Euridice de Peri, que vieron en Florencia hace siete años. Se dice que el poema lo ha escrito al final Alessandro Striggio, cogiendo de aquí y de allá de la Metamorfosis de Ovidio y las Geórgicas de Virgilio. Por las ventanas se cuela algo del jolgorio de las calles; hace poco que comenzó el carnaval. De pronto, varios músicos —puedo contar hasta veinte— hacen su entrada en el gran salón sin mucho orden. Detrás aparece un señor alto, de pelo cano, que va enfundado en una refulgente capa encarnada. Debe ser el clavecinista que dirigirá la obra. Desde aquí puedo divisar la primera página de la partitura que está en un atril próximo. Se titula L’Orfeo y es una favola in musica. ¿Una favola in musica? Mis pensamientos se ven interrumpidos por una fanfarria. Parece que esto empieza ya.

El director de escena Pier Luigi Pizzi nos sitúa en aquella mágica noche del 24 de febrero de 1607 cuando Claudio Monteverdi estrenó la que está considerada como la primera composición que abrió a la ópera su camino como género. Por virtud de la magia del teatro, somos uno más en aquél acontecimiento decisivo, mientras vemos cómo los músicos se acomodan a nuestro lado, sin el foso habitual, mientras de la oscuridad del escenario emerge el patio interior del Palacio Ducal, entre el centellear de las antorchas y la fanfarria que el músico de Cremona compuso para la ocasión, avisándonos de que el espectáculo ha comenzado.

La recreación del ambiente renacentista italiano no dura toda la obra y tras el descanso, los músicos recuperan sus ropas actuales, en una metáfora de la vigencia que la obra rezuma hoy, cuatrocientos años después de su estreno. Hemos regresado al presente y dejado atrás los vistosos ropajes en gama de rojos y amarillos de la boda y la dicha de Orfeo. Pizzi confiere un gran sentido del ritmo escénico que decae en ocasiones en la segunda parte. Se trata de un ambiente más quedo, más onírico que el de la primera; el que acompaña a Orfeo hasta las profundidades del Hades. En uno de los momentos más conseguidos de la producción, compartimos la emoción del protagonista al contemplar por última vez el rostro de la bella Eurídice, tras quitarle el velo a la sombra blanca que le sigue y transgrediendo la advertencia de Plutón. Nos afligimos con él al verla desaparecer de nuestra presencia. La ópera termina con la célebre danza festiva La Moresca, que se convierte en una improvisada fiesta contemporánea. Sobraban los pasos de break dance que improvisa una, hasta ese momento, grácil bailarina.

Christie consigue una lectura muy expresiva de la obra, consiguiendo momentos de gran dramatismo como la noticia de la muerte de Eurídice. Les Arts Florissants extraen de sus instrumentos un sonido añejo de gran exquisitez musical. El Orfeo de Dietrich Henschel fue muy aplaudido por el público; fue de menos a más, pero estuvo un tanto irregular, con una dicción poco clara. Destacaron Sonia Prina, Maria Grazia Schiavo y el cuarteto de pastores, que dieron muestras de una gran compenetración, con Xavier Sabata y Cyril Auvity a la cabeza. L’Orfeo es el primer acto de la trilogía monteverdiana que ha programado el Teatro Real con el mismo equipo artístico. La próxima temporada llegará al escenario del coliseo madrileño Il ritorno d’Ulisse in patria, y en 2009-2010, L’incoronazione di Poppea.

La gran aportación de esta ópera a la historia de la música fue la de compenetrar un discurso musical con la acción teatral, de manera que quedaran subrayados y enfatizados sus momentos más dramáticos, en un alarde de equilibrio formal entre texto y música como pocas veces se verá en el futuro. Monteverdi, como Orfeo, transgrede la forma de la época para darnos un género único en su conjunción de las artes y conseguir el efecto catártico de la belleza clásica. Nos lo recordará, siglos más tarde, Rainer Maria Rilke en su Soneto V a Orfeo: “Él ya está más allá, donde no podéis acompañarle./La reja de la lira no le constriñe las manos./Y, transgrediendo, obedece.”

Artículo publicado en Actualidad Económica, 6 de junio de 2008.

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