Se cumple este año el aniversario de la muerte de uno de los grandes compositores del género chico: Federico Chueca (1846-1908). Antes de que el género evolucionara hacia la zarzuela grande de dos actos, el compositor madrileño compondría sainetes líricos y operetas tan recordadas durante las décadas posteriores como fueron Agua, azucarillos y aguardiente (1897), o La Gran Vía (1886), que llegó a suscitar la admiración de un melómano como Friedrich Wilhelm Nietzsche. El concepto “género chico” venía de la Revolución de 1868, cuya crisis hizo que se empezaran a escribir zarzuelas más cortas, de precio más reducido y de un solo acto, de corte muy popular, como contraposición a la grandiosidad y duración de la ópera italiana y alemana de entonces.
Quizá estemos asistiendo a una nueva edad dorada de la Zarzuela. Al menos en las dos últimas décadas se viene produciendo una recuperación del gran repertorio de este género a través de puestas en escena de gran altura artística. Cantantes, orquesta y dirección de escena consiguen la simbiosis y el equilibrio propios de las grandes producciones operísticas. Buena parte de culpa la tiene la generación actual de cantantes, directores musicales y, sobre todo, directores de escena españoles, que triunfan por el mundo y que están haciendo de la zarzuela uno de sus puntales artísticos. Uno de esos directores es, sin duda alguna, el asturiano Emilio Sagi. Hace unos años pudimos apreciar la Luisa Fernanda que puso en escena el Teatro Real. Allí, nos encontramos con una producción desprovista de naftalina; actual, moderna, sin perder ninguna de sus señas de identidad. Otro ejemplo es la producción de La Generala, que viaja a finales de este mes al Teatro del Chatelet de París.
julio 18, 2008
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