Cuando estaba a punto de concluir La muerte en Venecia, Thomas Mann quiso escribir una historia corta, de corte satírico y burlesco, que le sirviera de contrapunto; un pensamiento que se llevó de viaje a la ciudad suiza de Davos, cuando hubo de acompañar a su mujer, Katia, a una cura de reposo por espacio de unos meses en un sanatorio próximo. Sin embargo, tal y como le ocurrirá al protagonista de la novela, Hans Castorp, la llegada al mundo de “allá arriba” traerá consigo percepciones y sensaciones nuevas. De vuelta de Suiza, Mann notó que el material recopilado para la novelita empezaba a abrirse paso a voluntad, sin seguir un orden clásico.
Robert Musil y Thomas Mann no tuvieron una relación fácil. El primero, después del éxito de su obra inicial, vivía en la precariedad más absoluta, enfrascado en la redacción de "El hombre sin atributos", una novela interminable que le absorbió los últimos trece años de su vida. El segundo alcanzó la fama con su primera novela, "Los Buddenbrook", por la que le otorgarían casi treinta años después el Premio Nobel de Literatura. Quizá fue porque, desde el comienzo, se reconocieron como competidores. Deseaban ser visitados por las mismas musas, aquellas que alumbraron los caminos de la bildungsroman en las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, aquellas novelas perseguían un anhelo común: la resurrección de un hombre contracorriente, enfrentado a la nueva sociedad alumbrada con el nuevo siglo, la del predominio de lo material sobre lo espiritual.
Algunos destacados analistas y observadores del conflicto entre el mundo islamista y el occidental aventuran que, ahora más que nunca, en los países musulmanes se necesita una verdadera secularización, a imagen y semejanza de la que se ha dado en Occidente desde la Ilustración. Ayaan Irsi Ali, la diputada holandesa de origen somalí que huyó de las tradiciones musulmanas para conseguir su independencia, dijo que el “Islam necesitaba un Voltaire”.
Marzo de 1919. Joseph Roth (Brody, Ucrania, 1894) llega a Viena ataviado con el uniforme de soldado del imperio austrohúngaro, un ejército que acaba de perder la guerra y cuyo país se desintegrará en un crisol de nuevas naciones. Atrás deja su Brody natal, territorio que vive las tensiones fronterizas entre polacos y ucranianos. Bebe en exceso, vive de prestado en casa de un familiar y entra a trabajar en una revista que acaba de salir a la calle: Der Neue Tag.
Si algo hay que reconocerle a César Aira (Coronel Pringles, 1949) es originalidad y valentía en sus propuestas literarias. Hay a quienes les podrán parecer rebuscadas en exceso, presuntuosas y engolletadas, incluso. Pero este tipo de obras también tienen su público, no hay que engañarse, que desde luego no se encuentra entre a quienes les es suficiente con encontrarse un relato hipnótico y entretenido.
abril 19, 2010
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