Mozart con aroma a azahar
Si alguno alguna vez te preguntase: ’La música, ¿qué es?’
‘Mozart’, dirías, ‘es la música misma’
Tal declaración de amor al músico salzburgués se debe a la fina palabra y al genio poético de un sevillano, Luis Cernuda, que encontró en aquellos pentagramas otra forma no menos bella de hacer poesía. En sus escritos recordaba aquellas horas interminables que pasaba de niño, con la oreja pegada a la pared, escuchando las notas recién afinadas de un piano que venía de la vivienda contigua, en aquel barrio viejo de Sevilla. Luego vendrían “una guitarra que suena en la madrugada; la música de Bach y Mozart oída en los atardeceres de invierno en el viejo coliseo sevillano; el mirlo que canta en los anocheceres de marzo”.
Barbara Frittoli, como La Contessa
En aquella Sevilla envuelta en aroma de azahar, Mozart sonaba en los oídos del poeta a la esencia misma de la vida, a una fugaz y repentina liberación. Quizá igual a como lo hizo en los aristócratas que llenaban la platea el Burgtheater de Viena en aquella velada del primero de mayo de 1786, pero con efectos muy distintos. Algo ya se sabía de aquella obra de Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais que se había estrenado dos años antes en Francia, como segunda parte de Le barbier de Séville, y que Mozart decidió sugerir al libretista Lorenzo da Ponte como el tema de su nueva ópera. En La folle journée ou Le mariage de Figaro (La jornada loca o la boda de Fígaro), los sirvientes eran capaces de engañar y ridiculizar a sus amos. “Es detestable; esto no se va a representar jamás” dijo Luis XVI cuando alguien le resumió la trama de aquella obra que aspiraba a subir a los escenarios franceses. Pero, al final pudo estrenarse en medio de grandes dificultades.
A tres años de la quema de la Bastilla, a nadie de la aristocracia vienesa le hizo la menor gracia ver cómo aquellos personajes, Susana y Fígaro, eran capaces de poner en evidencia a los Condes de Almaviva. El atrevimiento de Mozart fue dotar a todos los personajes de una evolución musical. Lo normal era que los personajes nobles cantaran música más elaborada que los del pueblo llano. Pero en Le nozze di Figaro todo cambia, todo se hace más complejo, hasta el punto de ver a toda una Condesa zozobrar en la nostalgia con dos arias estremecedoras por su hermosura, y a una joven sirvienta cantar una inocente y bellísima cavatina al comienzo del cuarto acto.
Emilio Sagi ha decidido en esta nueva producción despojar a esta ópera de ese aroma centroeuropeo habitual y trasladarla a esa Sevilla dieciochesca tardía, para que podamos palpar con los sentidos y en toda su extensión el sentimiento vitalista que ofrece esta obra maestra. No recarga el escenario en los cuadros de interior, dejando en las estancias ese aire que da lo nuevo y lo provisional. Sólo la luz transversal que despierta a la Contessa subraya algo más la escena para luego desaparecer. Las situaciones transcurren con fluidez y llevan al espectador en volandas hasta descubrirse bajo la noche sevillana, en medio de un jardín repleto de flores y tan solo importunado por el arrullo de una fuente cercana. Allí, hipnotizado por el olor a azahar, a jazmines y a madreselva, vemos llegar a los personajes para su última farsa. Luca Pisaroni es un Fígaro con carácter y musicalidad, que intenta manejar al corpulento Conde de Almaviva, cantado por Ludovic Tézier con graves sonoros y dominantes, pero al que cada vez le quedan menos ganas de jugar al engaño. Isabel Rey otorga a su Susanna la sencillez requerida y la capacidad para entablar una complicidad con una aristocrática Barbara Frittoli, que exhibe una extrema delicadeza en la melancólica forma de cantar de la Contessa. Como un Cupido inconsciente, el Cherubino de Marina Comparato aporta ese contrapunto vivaz a las cuitas y los engaños de los personajes. Jesús López Cobos conduce la obra con una mano apolínea, quizá la mejor forma de definir esta ópera mozartiana, que requiere un trabajo de orfebre en la resolución del segundo acto.
Muchas de esas noches acompañaron al joven poeta sevillano de camino a su casa, con aquella música aún resonando en sus oídos y una tímida sonrisa en la cara. Luis Cernuda lo dejaría escrito en su poemario Desolación de la Quimera (1956):
En cualquier orbe oscura, donde amortaja el humo
al sueño de un vivir urdido en la costumbre
y el trabajo no da libertad ni esperanza
aún queda la sala de concierto, aún puede el hombre
dejar que su mente humillada se ennoblezca
con la armonía sin par, el arte inmaculado
de esta voz de la música que es Mozart.
Le nozze di Figaro. Música de Wolfgang Amadeus Mozart y libreto de Lorenzo da Ponte. Int.: Ludovic Tézier, Barbara Frittoli, Isabel Rey, Luca Pisaroni, Marina Comparato, Stefania Kaluza, Carlos Chausson, Raúl Giménez, Enrique Viana, Soledad Cardoso. Dir. esc.: Emilio Sagi. Coro y Orquesta Titular del Teatro Real. Dir. mús.: Jesús López Cobos. Nueva producción del Teatro Real. Madrid, hasta el 27 de julio.
Foto: Javier del Real
Artículo publicado en Actualidad Económica, 17.7.09
Más sobre Mozart:
- La sencillez de lo extraordinario, un ensayo con motivo del 450º aniversario del compositor.
Acerca de esta Entrada
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- Publicado:
- Viernes 24 Julio 2009 / 12:02 pm
- Categoría:
- Ópera














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