Sábado 31 diciembre 2011
Viernes 15 julio 2011
Pina Bausch tenía un semblante troyano, como el de aquellas mujeres que los aqueos dejaron tras de sí después de tomar la ciudad. Su mirada decía extraviada, a medio camino entre el sueño y la vigilia, similar a la que el dolor debió dejar en el rostro de Hécuba, Casandra o Andrómaca cuando vieron a sus familiares muertos y Troya arrasada por las llamas. “Yo fui una gran tímida de niña. Y vivía con mucho susto, un sentimiento que aún conservo y que, en parte, ha sido mi motor. El miedo mueve. El miedo hace crear porque tú quieres inventarte un mundo donde tus ideas y tus sueños funcionen”.
Conferencia pronunciada el 16 de noviembre de 2010 en la Fundación Juan March de Madrid dentro del ciclo 'Siete óperas y un reto'. 'Los mundos de Rigoletto' es un viaje, una reflexión compartida por esas esferas contrapuestas que anidan en el centro de uno de los grandes clásicos del repertorio operístico. Una dualidad que se proyecta hacia el tiempo histórico en que se concibió, hacia la personalidad y las circunstancias biográficas de su compositor, y hacia el espectador que la escucha y contempla hoy. Encontraremos en otras artes historias paralelas que nos ayudarán a acercar más esta ópera a nuestro tiempo.
El cine de Inárritu está lleno de encrucijadas a medio camino entre la contemplación 'caravaggista' del mundo que rodea a sus personajes y la tentación por inmolar todo el conjunto. 'Biutiful' es un gigantesco claroscuro a la luz de un pequeño fósforo, suficiente para adivinar el angosto mundo de Uxbal, un antihéroe que camina sobre una existencia poblada por intentos fallidos, un hombre perseguido por la fatalidad, la misma que se esconde tras cada intento por llevar una vida normal, por la odisea de llevar un sustento a casa y poder cuidar de sus dos hijos. Da igual el origen toda esta situación. Pertenece al espectador el privilegio de imaginarlo.
Pina Bausch, la conocida coreógrafa alemana desaparecida hace año y medio, decía en una de sus últimas entrevistas que había vivido historias de amor increíbles. “Han sido capítulos de mi existencia que han marcado mi vida personal y me han dado mucha felicidad. Pero cuando me preguntan si he sido feliz, digo que lo que he sentido casi siempre son sentimientos encontrados: felicidad mezclada con preocupaciones. Pienso que a veces esa sensación tan fantástica queda guardada bajo lo cotidiano. Como escondida”. Simon Rattle escogió dos obras que albergan este sentimiento en su estadio más profundo para inaugurar la temporada de conciertos de la Orquesta Filarmónica de Berlín. La programación contempla la ejecución de la práctica totalidad de la obra de Gustav Mahler, a quien opondrá obras que la complementan y contextualizan. Para esta Primera Sinfonía ha optado por la Cuarta Sinfonía de Beethoven, señalada como la más romántica de todas las suyas.
No resulta muy difícil comprender por qué el escenario de esta producción está ocupado por montañas de basura. Cuando se evoca hoy la ópera de Kurt Weill, escrita por Bertolt Brecht, acerca de esa ciudad virtual, asentada sobre la codicia de sus pobladores, es complicado resistirse a idear una escena alegórica y simbolista de un progreso construido sobre la base inestable de un montón de escombros y desechos. Alex Ollé y Carlus Padrissa se inspiraron para ello en un viaje a Shanghai, una de las ciudades representativas del despertar económico chino. En sus barrios deambulan personas que, en silencio, rebuscan en la basura para encontrar algo con que sobrevivir. La historia de Mahagonny es recurrente y circular. Jennys y Jimmys se suceden sin fin desde 1930. La ópera llegará a Berlín en diciembre del año siguiente. Para entonces, Alemania ya había superado los cuatro millones y medio de desempleados y en la calle comenzaba a bullir la irracionalidad que causa la desesperación.
“A ver si nos libramos de la mesa”, suspira una señora en el patio de butacas, recién terminado el primer acto de 'Eugenio Oneguin'. “Sí, a ver…”, concede su acompañante, que no está para muchas palabras. El escenario que ha planteado Dmitri Tcherniakov para esta producción del Teatro Bolshoi de Moscú está horriblemente lejos, inalcanzable para el espectador que, antes de entrar en la sala, esperaba verse estremecido por el drama romántico que encierra el libreto inspirado por Pushkin. Al que contempla la escena le resulta difícil entender lo que allí sucede y no puede evitar que su vista se deslice por toda la habitación, por todo ese inmenso cuadro lejano al que le resulta imposible acercarse para apreciarlo mejor. Pero no todo en la escena es refractario. El espectador puede encontrar la complicidad en un personaje que tiene retrasada la silla con respecto a la mesa. Parece ensimismada, taciturna, con el desasosiego de quien se sabe fuera de lugar. La lejanía de la escena termina por acercar al espectador a los pensamientos de la enigmática Tatiana.
Contemplando la danza de Salomé que el director Robert Carsen ha concebido para su nueva producción en el Teatro Real, es difícil no recordar aquellos momentos de la coda de una película esencial, majestuosa, que cumple este año su cincuentenario. 'La dolce vita' (Federico Fellini, 1960) comparte con la obra de Wilde y Strauss el haber sido acogida con singular escándalo. Como suele ser habitual en estos casos y con la perspectiva que da el tiempo, suele ser consecuencia de una lectura apresurada y tangencial de la obra.
Apareció como la 'Contessa' de antaño, enfundada en un abrigo de cola de color turquesa apenas un año después de haber anunciado oficialmente su adiós definitivo a la ópera. Desde la Vanessa de Samuel Barber que cantó en Los Angeles y Washington en 2004, la soprano neozelandesa Kiri Te Kanawa no había vuelto a subirse a un escenario. En el otoño de su voz, como muchas otras grandes figuras legendarias, ha optado por seguir cantando en recitales con piano. Hace algunos años, cuando actuó en Barcelona, comentó que esta modalidad le permitía cantar lo que le produce auténtico placer, como si se tomara un buen vino.
enero 17, 2011
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