El recuerdo más amargo
“Papá, tócame tu ópera”. Leos Janácek fue a por la partitura, recién acabada y a falta de los últimos retoques, y se la tocó a su hija al piano. Por fin la había terminado. Llevaba nueve años peleando cada nota, cada frase de aquella tragedia rural, en los escasos huecos que le dejaban sus múltiples trabajos. En los últimos años, Olga había enfermado de fiebres reumáticas y pasó toda su convalecencia escuchando a su padre componerla. Ahora que la había concluido, quería oírla entera, poder unir en sus oídos todos aquellos fragmentos que unas veces sonaban líricos y bellos, y otras, sombríos y desesperanzados. La dolencia que la aquejaba había empezado a afectarle el corazón. Murió pocos días después de haber visto la cara satisfecha y emocionada de su padre al mirarla después de tocar el último compás de aquella ópera. Hay mucho del recuerdo de Olga Janácek en la inmaculada voz de Jenufa, en esa fatalidad ingenua con que afronta su destino.
Barcos sin ambición
Confiesa Álex Rigola que le hubiese gustado ubicar este ‘holandés errante’ en el espacio, al estilo de ‘2001: Una odisea del espacio’ (Stanley Kubrick, 1968), o en un garito hampón de las violentas y sórdidas calles de Ciudad Juárez, pero se encontró una y otra vez con que la música se resistía y le enviaba de vuelta al mar, a esa sempiterna resaca de aguas inquietantes que emergen de la partitura. Al final, se decidió a ubicar la acción en la misma Noruega donde se sitúa esta ópera estrenada en 1843, pero esta vez en nuestro siglo. “Me atraía su sencillez. Al ser mi primer proyecto operístico quería contar con un espacio bien acotado, con pocos personajes y bien definidos. En ningún momento he querido proponer un espectáculo rupturista en una primera experiencia que debía tener dimensiones manejables para mí”.














